Era las seis ymedia de la tarde y el cielo ya estaba oscuro. Y ahí estaba yo, empapada por lalluvia que, como siempre, me pilló amedio camino y sin el paragüas en la mano. Quise encenderme un cigarrillo perolas gotas de agua que caían sobre mí me lo impedían y como siempre, mi mecheroya estaba a punto de morir.
Me paré justo allado de tu portal para no mojarme más de lo considerable, miré hacia los ladosy para variar, no te visualicé.
No sé que haces últimamenteque por más que invento excusas baratas para verte no te encuentro por ningunaparte, y ya me estoy cansando de inventarme cuentos que al final nunca cuentannada interesante.
La mochila mepesaba demasiado, así que la posé en una de esas escaleras en las que habíamospasado tantos momentos. Aquellas donde me habías abrazado tiempo atrás y si teparas a pensarlo, dónde más nos habíamos querido. Se me pasaron tantas cosaspor la cabeza en ese momento que lo único que salió de mi boca fue un suspiro,que prácticamente no expresaba nada. Miré el reloj, marcaba las siete menos diezy yo seguía teniendo la esperanza de que de un momento a otro aparecieras y alverme se te dibujara una sonrisa en la cara.
Fue una sensacióndemasiado rara para mí: quería quedarme allí todo el tiempo posible pero a lavez sabía que tú no aparecerías aunque me tirara allí toda la noche sentada. Sino le he visto ni una sola vez en estas semanas… ¿porqué debería verle ahora? Me preguntaba una y otra vez.
Cuando mi relojmarcaba las siete en punto, recogí mi mochila, la cargué en mi espalda y muertade frío volví a caminar, perdiendo toda esperanza de volver a encontrarte, por alguna…. “casualidad”.
